
Como si no quisiera la cosa, se arrimó al hombre vacío y le rozó la mejilla con su mano; la firmeza de sus sedosos dedos era avasallante, tanto como para soportar las más pesadas estructuras. Dócilmente asieron las mejillas frías del cavilante personaje para alzar su mentón, observarlo a los ojos y desenmarañar su pena; mirándolo con una paz impertérrita, lo hipnotizó y en silencio le confesó el significado del Amor.
Sosteniendo la frágil y densa estructura del hombre sin esfuerzo alguno y con sonrisa mediante, se acercó cada vez más, para hacerle comprender que la Vida es. En la noche, Ella lo abrazaría para no soltarlo jamás y en ese entonces fue que la jaula del hombre se fracturó, se dejó caer y el hombre fue libre, al atraparse en el máximo de los placeres en los brazos de la Reina que viste de seda blanca y plateada.
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